diciembre 28, 2007

Derecho y deber de transmitir el ideal del matrimonio


La Biblia plantea una relación estrecha entre ser creados «a imagen de Dios» y el hecho de ser «hombre y mujer» (v. Gn 1,27). La semejanza consiste en esto: Dios es único y solo, pero no es solitario. El amor exige comunión, intercambio interpersonal, requiere que haya un «yo» y un «tú». Por eso el Dios cristiano es uno y trino. En Él coexisten unidad y distinción: unidad de naturaleza, de voluntad, de intención, y distinción de características y de personas. Precisamente en esto la pareja humana es imagen de Dios. La familia humana es reflejo de la Trinidad. Marido y mujer son, en efecto, una sola carne, un solo corazón, una sola alma, aún en la diversidad de sexo y de personalidad. Los esposos están uno ante otro como un «yo» y un «tú», y están frente a todo el resto del mundo, empezando por los propios hijos, como un «nosotros», como si se tratara de una sola persona, pero ya no singular, sino plural. «Nosotros», o sea, «tu madre y yo», «tu padre y yo». Así habló María a Jesús, después de encontrarle en el templo.
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Sabemos bien que éste es el ideal y que, como en todas las cosas, la realidad es con frecuencia bastante diferente, más humilde y más compleja, a veces incluso trágica. Pero estamos tan bombardeados de casos de fracasos que a lo mejor, por una vez, no está mal volver a proponer el ideal de la pareja, primero en el plano sencillamente natural y humano, y después en el cristiano. ¡Ay de llegar a avergonzarse de los ideales en nombre de un malentendido realismo! El final de una sociedad, en este caso, estaría marcado. Los jóvenes tienen derecho a que se les transmitan, por parte de los mayores, ideales, y no sólo escepticismo y cinismo. Nada tiene la fuerza de atracción que posee el ideal.
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Comentario del padre Cantalamessa


1 comentario:

Yagno F. Montcarmelo dijo...

Dice San Pablo en Efesios 5, 31-32, citando Gn 2, 24: “Por eso dejará el hombre a su padre ya su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. Gran misterio éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia”. Así, la unión sacramental del hombre y la mujer en el matrimonio es imagen de la unión entre Cristo y su Iglesia. Podemos complementar y ampliar el comentario de Pablo con la hermosa oración de Jesús por la unidad de los “suyos” (Jn 17, 20-21): “No ruego sólo por éstos (sus discípulos), sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros.” La conclusión es clara: la unión del hombre y la mujer es como la unión de Cristo y su Iglesia y ésta como la unión del Padre y del Hijo, luego, el matrimonio es imagen de la unidad en Dios: uno y trino. De lo que se sigue un corolario importante: en Dios hay tres personas realmente distintas, en el matrimonio hay dos personas realmente distintas, en la unidad de un matrimonio. No perder de vista esto.

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